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Por Matías Frati20 de Mayo

El momento ideal para que el consumidor empiece a fijar precio de manera agresiva

Plantear desde la demanda cuánto se está dispuesto a pagar, con el dinero en la mano, y cara a cara con el comerciante. Una vez, diez veces, mil veces. Que la fijación de precio no sea de la cadena de valor sino del consumidor, quien tiene el poder final de compra. ¿Idealismo? Tal vez. Pero si vamos a resetear el mundo hagámoslo de punta a punta.

La idea de “vos viniste hasta acá porque yo tengo lo que necesitas y le pongo el precio que considero justo” es vieja. En estos tiempos donde hace falta empatizar más con el cliente, el comerciante no puede darse el lujo de atender con mala cara al consumidor y, encima, hacer como que "de lástima le vende". Eso pasa, frecuentemente, en muchos comercios.

Gente desganada detrás del mostrador. Algunos que parecen apurados por despachar para que pase el que sigue pero a ninguno asesoran ni contienen, son situaciones que se daban antes de la cuarentena pero que se repiten aun hoy, cuando todo debiera ser mucho más empático.

El consumidor tiene un instrumento importante que pocas veces hace valer: el poder del dinero. En el mundo del comercio internacional los precios no los fija quien vende sino quien paga. Al productor de lechuga de Mar del Plata le pagan $ 10 el kilo mientras en la verdulería se vende a $ 120, y los diez pesos que le pagan es el excedente de la cadena de distribución, ni siquiera lo que el productor desea cobrar. A a pesar de que aquí se nos diga que el precio es lo que el mercado fija, en realidad el precio es lo que fija una parte del mercado. No todo.

Y en esto, consumidores y productores o fabricantes tienen una oportunidad única de articulación contra los intermediarios, porque son ellos quienes van encareciendo los productos que luego compramos en supermercados o comercios de proximidad. ¿Por qué no pensar en un modelo de comercailización más puro, también, más directo del fabricante o productor al consumidor, sacando eslabones poco necesarios que encarecen el precio porque siempre el último nivel de la cadena lo soporta? 

 

El poder del dinero es un instrumento importante que está en manos del consumidor.

 

Deberíamos los consumidores poner en práctica un ejercicio fundamental. Acordar con el comerciante cuanto creemos que vale lo que estamos por comprar. Y si no conforma a las partes, entonces ir a otro lado a buscar el mismo producto y repetir el ejercicio. ¿Acaso no se hace eso con bienes más grandes como casas, departamentos, autos, motos, incluso cuando se contrata a un profesional al que se le pagarán honorarios?

Los consumidores no tenemos ejercicio de regateo ni mucho menos de defender nuestro dinero, cuando se trata de la compra de objetos chicos o de primera necesidad. Damos por hecho que vale lo que nos quieren cobrar, y punto. Pero, ¿qué pasaría si empezamos a fijar nuestros propios precios justos? ¿Sería posible o es un pensamiento idealista?

Valdría la pena intentarlo. Que alguien lo haga y cuente su experiencia. Que otro lo imite y que también diga cómo le fue. Y que si la historia sale bien, muchos empiecen a ponerle precio a las cosas que compran.

Porque, en definitiva, el poder de la fijación de precios está en la convalidación que el mercado le da. Es tiempo que el mercado -es decir, entendiendo como tal a todos nosotros los consumidores comprando en un mismo contexto de geografía y temporalidad- desafiemos los principios de cobro de los almaceneros, carniceros, verduleros, casas de ventas de materiales, ferreteros, arquitectos, talleristas. Todo. Porque si vamos a resetear el mundo, hagámoslo de manera completa.

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