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Miércoles, Marzo 03, 2021

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Editoriales30 de Enero

Volver a las aulas… ¿a qué?

Si la cuestión es presencialidad por el solo hecho de marcar diferencias políticas, tristemente asistimos a una manipulación del sector más vulnerable de la sociedad: los niños. Después de 10 meses de aislamiento y distanciamiento los padres merecen saber a qué irán los chicos al colegio. ¿O no?

Como están dadas las cosas todo hace indicar que el 1° de marzo los chicos volverán a tener clases en las aulas. Sin embargo, también flota en el ambiente la pregunta de marras: ¿es adecuado ir a las aulas cuando la situación epidemiológica es absolutamente peor de lo que fue el momento de suspensión de las clases?

En el medio hubo dos posiciones muy definidas. La del Gobierno que decidió cerrar las escuelas para evitar que millones de alumnos y sus padres más docentes y auxiliares tuvieran que desplazarse usando transporte público. Y la de la oposición que recoge la inquietud de las familias que sienten que los niños en las casas generan la incomodidad de tener que resolver cómo se hace para que los padres vayan a trabajar tranquilos.

Hay que definir que se espera de la escuela. Si lo que se pretende es que sea un espacio de enseñanza y aprendizaje, donde docente y alumno interactúan alrededor del conocimiento que un imparte y el otro recibe. O si se pretende que sea un espacio donde los chicos van mientras los padres trabajan, y de paso aprenden algo nuevo. Parece duro, pero es necesario esclarecer el debate. Y no tiene que ver con los partidos políticos y su turno de oficialismo u oposición, tiene que ver con la sociedad argentina. La misma que también puede pretender a la escuela como el lugar donde muchos chicos reciben su única porción de comida. O donde son contenidos de la desigualdad que sufren en distintos ámbitos comunitarios.

Si la vuelta a las escuelas será para que los chicos socialicen pero sin poder impartir conocimiento de parte de los docentes, a quienes piensan así, les doy una noticia: los chicos son mucho más sociables de lo que ustedes piensan. Están todo el día vinculados con sus pares por medio de actividades sociales internas o externas. Van a hacer los mandados, participan de deportes, y hasta se comunican a través de sus juegos por internet y en los celulares.

Porque lo que hay que comprender es que, con el paso del tiempo, cambiaron las formas de comunicación y de relacionarse. Los que hoy estamos en los cuarenta ya no nos criamos como nuestros padres, solo en los potreros, jugando a la rayuela o la payana ni saltando al elástico. Porque apareció la televisión y nos hizo que veamos series, telenovelas, programas y que comentáramos con amigos y amigas lo que habíamos visto. Y nadie supuso que estábamos perdiendo socialización.

Los niños y las niñas de hoy socializan de otra forma. Y siguen siendo sociales. Como también pueden aprender de otra forma. Con una computadora desde sus casas, a través de las mismas tecnologías que utilizan para jugar en línea por internet y comunicarse con sus pares a través de redes sociales que ni los adultos conocen, como “tuich”, por ejemplo.

El verdadero punto no es la socialización –que a mi juicio está garantizada- es discutir si todos tienen los medios para acceder a las herramientas. Entonces, despejada la duda, el debate a dar no es presencialidad sí o no. Es dotar a los chicos y a los docentes de computadoras con cámara para que aprendan y enseñen, respectivamente, y un ordenamiento esencial: cumplir con los horarios y los momentos de asistencia a esas clases, como si fueran en las aulas.

Todo eso se puede hacer. Hoy más que nunca. Si esta pandemia nos hubiera tocado en los ochenta o incluso en los noventa, habríamos tenido millones de analfabetos en la Argentina. Hoy, no desaprovechemos la oportunidad para que eso no suceda. Pero tampoco ocultemos en la presencialidad el verdadero debate de fondo: la pobreza estructural a la que millones de argentinos están atados porque durante tres décadas sólo se pensó en cómo hacer asistencialismo en lugar de generar trabajo y facilitar la creación de empresas.

Si no se sincera el debate, no se podrá empezar a caminar hacia la verdadera nueva normalidad.

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