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Por María Fernanda Grimaldi22 de Abril

Imprescindible soledad

Cinco semanas. Ese es el tiempo que llevamos anidados en esta nueva realidad que nos pide un tiempo de descuento. De manera imprevista y drástica tuvimos que recrear nuestro mundo conocido y seguro y exponernos cara a cara con nuestros ángeles y demonios para poner a prueba nuestra fortaleza mental, espiritual y emocional.

Estar casi todo este tiempo en casa con la única compañía de Mora, mi perra ha sido una gran oportunidad para bucear en algunas aguas que a veces evito. Y sé que no soy la única que le escapa a ciertas cosas. Requiere valentía, coraje y sobre todo compasión. Porque amigarse con imperfecciones, asumir temores, aceptar las propias dudas y descubrir que nunca nada es lo que parece, incluso hasta lo que damos por sentado y luce casi inmutable es un proceso que muy probablemente duela. Exige poner en el centro de la escena a los demás por sobre nuestro propio ego. Y eso no siempre sale tan fácil.

Se dice que ser feliz no depende de estar con otros, sino que tiene que ver con uno mismo. Estas semanas no estuve sola. La soledad estuvo ahí, viviendo conmigo, como siempre. La conozco y la acepto. Le tengo que poner límite para que no se ponga cómoda, se apoltrone para quedarse en pijama y chancletas con la pretensión de imponer su ritmo. Al principio, no le prestaba atención ni escuchaba y yo seguía enfrascada en mi propia melodía. Pero con el pasar de los días, empecé a acercarme a ella, a darle algo de mi espacio y terminamos aceptándonos y respetándonos una a la otra. Siento que estoy en ventaja porque alivia no tener la angustia extra de quien se encuentra con ella por primera vez. Es avasallante y puede llegar a ser devoradora sino sabemos mantenerla a raya.

Cuando estamos más permeables a sentir, quitamos el piloto automático o GPS tenemos la chance de encontrarnos con otros caminos y paisajes y algunos pueden incluso ser la primera vez que los recorremos. Reconocer y tomar conciencia de quienes somos, qué elegimos y nos hace felices y quienes son las personas que son una constante y están ahí, siempre en nosotros es un bálsamo para nuestro espíritu. Porque es reconocerse en todo eso. Y quizás ahora con esto claro dejemos de ir errantes de un lado a otro, dudando, alejando, acercando, enfocando y desenfocando y nos hagamos cargo de que tenemos que perdernos muchas veces para encontrarnos. Y que ese afán de mantener distancia protectora termina construyendo una coraza infranqueable que no sirve más que para entumecernos.

El principal aprendizaje de todo esto es vivir cada minuto, cada segundo a pleno y no guardar para después nada. Decir y hacer. Por eso lo primero cuando todo esto termine debería ser buscar la mirada, el abrazo, la palabra de quienes hacen nuestra vida feliz. No todos somos como Warren Zevon y su canción Splendid Isolation. Porque querer es demostrar, permitir, incluir, respetar, ser uno en varios.

Hoy es momento de agradecer tener esos imprescindibles en nuestra vida. Esos que no se dejan, no se cambian ni por una corona ni por un virus.

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