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Sábado, Mayo 28, 2022

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Por Lucas Fiorini13 de Enero

Francisco: dignidad y fraternidad universal

La encíclica Fratelli tutti es un excelente compendio de las líneas principales del pontificado de Francisco, en particular en cuanto a la insistencia con algunos puntos medulares de incidencia social, cultural, política y económica dados a partir de su visión del hombre y la creación. Para el Papa es claro que los presupuestos valorativos no existen para quedarse en el plano de las ideas, la mera conceptualización o un formalismo distante del prójimo, sino que importan centralmente una postura existencial que conlleva implicancias prácticas concretas, inmediatas y radicales. Esto no niega la necesidad de contar con un cuerpo de fundamentos últimos no relativos e insustituibles, pero advierte con meridiana claridad sobre el riesgo de no pasar de la teoría a la práctica y que ello no sólo sea una traición a las propias convicciones sino que termine, en una devolución simbiótica, tergiversando el sentido y el contenido de las mismas.

Creo advertir en esta acertada insistencia pontificia por una vuelta a la centralidad de las fuentes, tres razones subyacentes que lo guían vinculadas a la vez entre sí: la necesidad de revitalizar la Fe de la cual él es Pastor por excelencia; iluminar una humanidad líquida y fragmentada que parece perder sus fundamentos; recordar en el farragoso océano de comunicación, informaciones y opiniones presente cuál es el centro y aporte neurálgico-práctico del cristianismo. El mundo actual no adolece de datos y conectividades sino de cercanías reales, testimonios tangibles, apoyos no efímeros: esto es aplicable a la época y sus hombres en general, de la cual es parte y no escapa nuestra propia Iglesia. Por eso hay en el Papa una doble obsesión (permítase la hipérbole): identificar lo central[1], sin vueltas ni extensiones innecesarias; y poner por obra esa centralidad, como prueba precisamente -en este mundo abrumado y escéptico- del eje predicado. Es quid del cristianismo un Dios que es Amor, no abstracto sino encarnado, misericordioso, que levanta al caído, cuya fuerza actúa en la debilidad, que valora toda la creación y que no hace acepción de personas. La primacía de la caridad ilumina por tanto el entendimiento y la acción: debe envolvernos entonces la misericordia como una constante, la pulsión por la justicia, el llamado a la solidaridad, y ese logos se expresará en el amor a todo y a todos, de forma no sólo teórica sino tamizada y juzgada por su práctica personal y social.

Jorge Mario Bergoglio fue consciente de esto desde el inicio: la necesidad de ir al núcleo y graficarlo, en una sociedad marcada por la imagen antes que por el discurso, se expresa desde el vamos en la elección del nombre para su pontificado, Francisco, en referencia al singular santo de Asís. Fue un nombre cargado de simbolismo, acorde con las líneas maestras de lo que será su pastoreo, que nunca había sido utilizado hasta el momento por un Pontífice. Sin apartarse un ápice de la comunidad de Fe que lo cobija, marcó la necesidad de una audaz y profunda renovación. La figura del santo refresca, identifica y sistematiza lo que serán sus ejes:

-            la reparación de una Iglesia que ha perdido fuerza y está herida por tristes escándalos, propios del apartarse a la fidelidad debida al centro del mensaje cristiano, al Evangelio “sine glossa”, a la contundencia de su espíritu y misión, a la transparencia y luz de la Buena Noticia que debe llevarse a los sencillos de este mundo;

-            Corolario de esta “vuelta” a la búsqueda y práctica de la esencialidad evangélica es la revalorización de la austeridad como base efectiva para una existencia liberada de las ataduras materiales -en un mundo profundamente materialista-. El “corrimiento” de la riqueza como valor permite recordar con meridiana claridad que cada persona humana vale por sí misma, de manera absoluta y sin distinción por categorías, y enfatiza por tanto la prelación que requiere aquel que se encuentra más desprotegido. La primacía axiológica de la dignidad de la persona implicará entonces dirigirse y comenzar la subsanación por quien tiene más en peligro o vulnerada esa dignidad;

-            Esta primacía no es sólo conceptual sino esencialmente práctica, existencial, inmediata y compromete a todos sin excepciones ni dilaciones. De aquí se derivan sus constantes llamados a la atención prioritaria y urgente de las periferias existenciales: los últimos, los descartados, pobres, presos, refugiados, migrantes…;

-            De allí también se comprende -en sintonía con il poverello d'Assisi- su prédica indubitable por el diálogo, por el encuentro, por la paz mundial: la fraternidad, propia de hermanos sin distinciones, tiene alcance universal;

-            Y, por último, fiel a la figura del santo que enmarca al actual pontificado y conteste con los puntos señalados anteriormente, alaba la obra de la Creación e insta a cuidar, en consecuencia y con grave deber moral, la naturaleza, todo lo creado, la casa común (que también requiere restauración).

Es en este marco que repaso la encíclica de Francisco, expongo lo que me interpela de la misma como dirigente político -a fin de no engañarme con disquisiciones que apartan del servicio y entrega al que obliga la vocación- y espero pueda servir para aprehender el mensaje del Papa, más que en clave de bóveda como estímulo para ir a la fuente y apreciar el necesario y acertado discurso pontificio que algunos descartan con prejuicios superficiales o ideológicos (tal vez ambos terminen siendo lo mismo), sin abrirse y darse la posibilidad de meditar y preguntarse sobre las responsabilidades y auxilios que debemos prestar ante realidades duras de sufrimiento, marginalidad, injusticia u olvido[2].

                   I.               Fratelli tutti es un llamado a la fraternidad y la amistad social: el signo de los tiempos está dado por la unidad, deseo del Espíritu, anhelo profundo de los pueblos y posibilidad real por las disponibilidades técnicas, a pesar de la constante incitación y profundización de las grietas, los muros, las divisiones, las agresiones, las indiferencias que surgen de soberbias minorías encaramadas a significativas e influyentes instancias de poder.

                II.               La hermandad tiene un fundamento profundo sobre el que se asientan las exigencias enfatizadas por el Papa: la intrínseca dignidad de toda persona humana. Cuando este primer principio[3] se hace carne y no queda en letra muerta, dándole la entidad ontológica y práctica que merece, el resto de las opciones y prioridades se acomodan con nuevo peso y relación.

             III.               La fraternidad no sólo encuentra un sentido y una fuerza renovada cuando parte de esta base, sino que complementa y ordena los válidos términos de libertad e igualdad.

             IV.                De aquí surge la importancia de un diálogo sincero, del tendido de puentes y encuentro entre las distintas identidades, de una paz que se contraponga a la cultura de la exacerbación de los enfrentamientos, las diferencias y los conflictos.

                V.               Dicho principio es tan fuerte que impregna todo análisis y actuación, personal y sociopolítico, superando las limitaciones ideológicas y abriendo la mente y el corazón para el compromiso y el involucramiento generoso y constructivo en lo público y comunitario.

             VI.               Pasa a comprenderse la prioridad que merece quien poca dignidad experimenta en los hechos: a nadie le corresponde menos si es que sostenemos en serio esa igualdad, nadie debe quedar postergado o excluido de esa dignidad intrínseca propia de cada hombre y mujer, igual para todos. No es una mera teoría sin consecuencias, su menoscabo no puede esperar, justificarse ni ignorarse: ¿cómo demorar u obviar la opción preferencial por los pobres, la atención del desvalido, la defensa de quienes no tienen poder, la denuncia frente a toda marginación, la inmoralidad del desprecio y de la cultura del descarte?

          VII.               No podrá aceptarse por tanto ningún abuso, no sólo hacia el ser humano sino también hacia la naturaleza, pues ambos terminan profundamente interrelacionados en una creación que es casa común, que a todos pertenece, que nadie puede usufructuar con un consumismo egoísta perjudicando al resto.

       VIII.                Se recuerda el destino universal de los bienes de la tierra, y es en esa lógica que se sostiene la función social de la propiedad y sus límites[4].

             IX.               La concentración económica y la brecha e inequidad social es peligrosa e inadmisible, más cuando encontramos hermanos y pueblos sin un desarrollo suficiente y justo que garantice esa dignidad innegociable que tiene cada ser humano.

                X.               Se propugna un desarrollo integral, conteste con las sabias y profundas enseñanzas y reflexiones que ha alcanzado la DSI, donde no cabe justificación para un salvaje capitalismo financiero que maximiza las ganancias como fin en sí mismo o un estatismo demagógico que ahoga los derechos humanos fundamentales, ambos de espalda y hundiendo a los pueblos.

             XI.               Así como no se puede servir a Dios y al dinero, la disyuntiva es el servicio al Pueblo -en el cual apoyarse, identificándonos con su protagonismo e intereses- o al poder concentrado y elitista.

          XII.               Por ello es importante que quien se involucre en la conducción sociopolítica esté libre de compromisos y ataduras materiales, dispuesto a buscar un estilo de vida austero, sincero y honesto.

       XIII.               Un sistema o una dirigencia basada en acaparar los recursos, indiferente ante las desigualdades maximizadas, indolente frente al marginal y que desprecia lo popular, no sólo deberá ser corregida sino que requiere la postulación e implantación de otro esquema de ordenamiento y convivencia, llevado adelante principalmente por quienes provengan de los sectores postergados y vulnerados o se encuentren identificados o cercanos a su cultura.

        XIV.               No podemos ceder ante superestructuras de poder desacopladas de vinculación y sentido popular, incluso cuando se escuden tras pantallas institucionales “respetables” pero alejadas de un ethos impregnado de servicio al pueblo.

           XV.               La política vivida como amor “imperado” no sólo es corolario de esta visión sino que define una nobilísima vocación y labor. La misma debe evitar encorsetamientos ideológicos y el ser funcional a la concupiscencia del poder: de aquí las prevenciones frente a liberalismos individualistas y falsos progresismos desarraigados que promueven un mezquino sálvese quien pueda y acompañan al capitalismo financiero, y ante populismos demagógicos que traicionan el sentir popular y no se fundan en los valores y el crecimiento del pueblo.

        XVI.               La buena política construye comunidades y la generación del tejido social requiere de trabajo digno para todos.

     XVII.               El cambio que se requiere no se promueve desde la violencia, por la violación a las dignidades humanas y las escaladas destructivas que la misma implica, pero descartar el camino del odio no puede derivar en justificación y mantenimiento de un inicuo statu quo.

  XVIII.               La justicia respeta a las víctimas y previene nuevos crímenes, y por eso el perdón no prescinde de ella ni es sinónimo de olvido -en el válido intento de evitar que las iniquidades o tragedias vuelvan a repetirse-, pero excluye el odio y el círculo vicioso de la venganza.

        XIX.               En ese servir a la comunidad se valora el terruño: la apertura al mundo se realiza sin negar ni borrar la singular historia y tradiciones. Bien fundada, aprecia y parte de las identidades propias pero se abre a los demás: lo local, vía la región, puede enriquecerse con la pluralidad universal.

           XX.               La preocupación de un político no debe ser su imagen sino su legado, que incluye siembras que otros cosecharán.

 

Columnista Invitado - Lucas Fiorini
Ex Senador Provincial



[1] No para “imponer” una verdad sino para ayudar a discernir lo esencial entre formalidades que se acumulan en la historia y en la “infinita” información que posibilita la técnica actual. Conocedor de las múltiples miradas que además implica la pluralidad de hombres y mujeres y de pueblos, no busca señalar una visión particular sino que persigue a través del diálogo el encuentro de aquello que pueda servir como piedra basal para la convivencia pacífica, la integración y el desarrollo sin exclusiones de ninguna clase. Por eso gusta usar la figura del poliedro para ilustrar lo que señalamos al describir la realidad, lo cual facilita la comprensión de las diferentes posturas y visiones. Y sabe sobre todo que, ante tanta palabra e imagen enunciada y dispersa en este mundo, lo que puede afianzar el centro de la Buena Nueva es la práctica contundente del mensaje de amor y dignidad sin excepciones.

[2] Obviamente no voy a repasar ni reiterar las sabias y sopesadas enseñanzas del Magisterio, en especial en materia de Doctrina Social, pues no es el objeto de este escrito que versa, como se viene señalando, sobre aspectos de Francisco que muestran nuevas luces, dan fuerza renovada a ejes ya desarrollados, ordenan prioridades, recuerdan lo importante, exigen prácticas…

[3] Primero en el campo de la Doctrina Social, como claramente lo indica el Compendio, aunque esa primacía muchas veces es olvidada o relativizada incluso por quienes debieran practicarla o enseñarla…

[4] Ya lo dijimos, pero lo aclaro de vuelta: no se niegan ni trastocan las conocidas enseñanzas magisteriales, pero recordamos con el Papa principios y prioridades que suelen olvidarse…

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